martes, 29 de diciembre de 2009

Ágoras, varias.

Pensé que el Ágora ya no existía en todo su esplendor, que solo se practicaba como algo esporádico y por mera casualidad de ubicación, pero ayer, en la plaza de mi casa pude ver y escuchar a dos hombres, sentados en un banco de plaza, claro, hablando sobre política, sobre la legitimidad, y las hegemonías. Quería participar, pero me dió cosa que llamaran al 911, por amenaza de robo con arma animal, mi perra. Así que le di tres vueltas a la plaza solo para saber de que se las traía la discusión, mucho no cazé.
Pero cuando volvía para mi casa me acordé de las charlas que tenía y todavía tengo (cada vez menos) con el señor H. y de las puteadas y ofensas de un lado a otro y de lo mucho que las disfrutaba. No las practicábamos exactamente en un espacio abierto, ni en una plaza, y tampoco digamos que era una asamblea, era un diálogo entre dos, con cigarrillos y una cerveza en la puerta de casa, diferente, pero adaptada a los tiempos que corren.

Ágora, Ágora, antigua o contemporánea, no importa, volvé.